LA ARAUCANA

Autor: Fernando Fuentes

Verdes Araucarias

Un bosque de araucarias es un verde retazo de lo que era, una pequeña muestra gratis de un tiempo que ya pasó.  Constituido por árboles con piñas voluminosas que claudican ante la impasible Ley de la Gravedad. A veces una fuente nutricia, otras tantas un bálsamo contra la intemperie.

En definitiva,  un grupo de vegetales devenidos en reliquia y relicto por obra y gracia del humano.

Dos son las especies autóctonas que han podido echar raíces en suelo argentino. Araucaria araucana, quizás más conocida como Pehuén, de amplio predominio en la Patagonia. De manera aislada o asociada a otros árboles, como por ejemplo el coihue (Nothofagus dombeyi) o la lenga (Nothofagus pumilio), conforma los bosques cordilleranos de la provincia de Neuquén.

Allí ocupa una franja de aproximadamente 200 kilómetros de extensión total en dirección norte a sur. Gracias a raíces poco profundas -pero muy tenaces- asienta sobre suelo rocoso, arenoso, de origen volcánico. Habita generalmente entre los 800 a 1800 metros de altura sobre el nivel del mar, gran parte del invierno en medio de un territorio cubierto de nieve.

“Un bosque de araucarias es un verde retazo de lo que era, una pequeña muestra gratis de un tiempo que ya pasó.”

La otra especie de araucaria que ha logrado plantar bandera en la biodiversidad argentina se encuentra a más de 2500 kilómetros de distancia en dirección nordeste. Se denomina Araucaria angustifolia –o Pino Paraná para los conocidos- y se distribuye de manera predominante  en el norte de la provincia de Misiones. Descansa sobre un suelo rojo arcilla. Bajo un clima subtropical con precipitaciones uniformes durante todo el año. Aporta exuberancia a la ya de por sí espesa selva misionera.

“Araucaria araucana es un árbol que se caracteriza por una gran longevidad –con ejemplares que pueden vivir entre 400 a 700 años promedio-, con un crecimiento lento y una continua regeneración debajo del dosel arbóreo.”

Árboles Gigantes

Ambas araucarias alcanzan altura considerable, con ejemplares de Araucaria araucana que pueden superar los cincuenta metros de alto, y los tres metros de diámetro en el caso del tronco. El Pehuén presenta un fuste cilíndrico, con una corteza gris oscura, gruesa, dura y agrietada de 10 a 20 centímetros de espesor. La copa del árbol tiene forma piramidal en los más jóvenes, pero paulatinamente pierde las ramas inferiores para adoptar en las plantas más añosas la forma de un paraguas gigante. Las hojas son verdes oscuras, perennes, rígidas, puntiagudas casi espinosas.
Araucaria angustifolia en tanto presenta una altura promedio de 35 metros y generalmente hasta 2 metros de diámetro en su tronco. La corteza del árbol es áspera y de color pardo rojiza, con un grosor que oscila entre los 4 a 7 centímetros. Al igual que ocurre con Araucaria araucana, el Pino Paraná con el correr de los años conserva follaje solo en su extremo superior. Con hojas verdes, lanceoladas, punzantes que recubren ramas que le dan a la copa del árbol un aspecto de candelero.

Coníferas

El rasgo más distintivo de las dos especies citadas constituye la presencia de conos o piñas. Son estructuras de gran tamaño femeninas o masculinas, alojadas generalmente en arboles separados. Las araucarias dependen del viento y su efecto polinizador. Los conos femeninos una vez fecundados contienen semillas denominadas piñones. En un numero de 100 a 200 por piña. Son cuneiformes, leñosos, castaño-rojizos, de 2,5 a 4 cm de largo por 1 a 2 cm de ancho en el caso del Pehuén. Oblongos, con un peso de 6-7 gramos cada uno en el Pino Paraná.

El piñón es semilla hecha fruto, también un antídoto protector contra el hambre y  la escasez. Desde tiempos ancestrales gracias al sabor parecido a la castaña, y su elevado aporte de hidratos de carbono y proteínas, ha sido fuente de alimentación para aquellas comunidades que conviven con bosques de araucarias. Allí a la araucaria se la venera y cuida con devoción.

En el sur, la etnia Pehuenche –o gente del Pehuén según su traducción al castellano- ha aprendido a hervir o tostar las semillas antes de ingerirlas, también a acopiarlas para tiempos malos. Sus integrantes producen además harinas o bebidas fermentadas a partir de ellas, alimentan ganado, y comercializan o canjean el excedente. Algo similar ocurre al noreste del país, en donde la recolección de piñones de Araucaria angustifolia para algunos lugareños constituye una importante actividad económica y cultural.

En Retroceso

Para los expertos las araucarias constituyen verdaderos fósiles vivientes. Habitan la República Argentina desde la Era Mesozoica, lo que equivale a 250 millones de años atrás. Solo que en la antigüedad la extensión de los bosques era mucho mayor. Con pehuenes que superaban holgadamente los 138.000 kilómetros cuadrados actuales.

Tampoco los bosques padecían la severa fragmentación visible por estos días. No tenían que lidiar con la deforestación y degradación desencadenada por actividades humanas, tales como la agricultura, la ganadería extensiva o la industria maderera. Según la Unión

Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) existen bosques silvestres de Pino Paraná que cubren en el noreste de Misiones una superficie de 1000 hectáreas, cuando en 1960  llegaban a ocupar 210.000 hectáreas en ese sitio.

Araucaria araucana es un árbol que se caracteriza por una gran longevidad –con ejemplares que pueden vivir entre 400 a 700 años promedio-, con un crecimiento lento y una continua regeneración debajo del dosel arbóreo. Tiene gran resistencia a la falta de luz y a factores físicos tales como las heladas, el fuego, la actividad volcánica y el viento. En la dispersión de sus semillas colaboran algunos pájaros y roedores. A pesar de dichas ventajas adaptativas, para IUCN constituye en la actualidad una especie amenazada.

En tanto que Araucaria angustifolia es considerada por esta entidad como críticamente amenazada, nada menos que un escalón previo a la extinción en la naturaleza. Atada a su suerte se encuentran algunas especies que comparten el hábitat, como por ejemplo el simpático loro vinoso (Amazona vinacea). El Pino Paraná en la selva misionera es identificado por los biólogos como una especie paraguas. Todas aquellas medidas destinadas a su conservación redundan en beneficios para otras tantas que dependen del árbol.

Piedra y Caminos

Un bosque de fosilizadas araucarias (Araucarioxylon protoaraucana) de más de 230 millones de años de antigüedad deslumbró al gran naturalista Charles Darwin. Fue en 1835 durante su paso por  los mendocinos Paramillos de Uspallata. Allí vio árboles petrificados en posición de vida, con el tronco abruptamente cortado a pocos pies del suelo. Vinculo lo sucedido con cuestiones geológicas.

En la Provincia de Santa Cruz sobresalen los Bosques Petrificados de Jaramillo. En su mayoría extintas araucarias fosilizadas (Araucaria mirabilis) de alrededor de 130 millones de años de antigüedad. Víctimas de la intensa actividad volcánica y de un manto de cenizas que lo cubrió todo en el Periodo Cretácico.

Los actuales bosques de araucarias que tapizan la Argentina son un verde retazo de lo que eran. Fragmentos mínimos y valiosos, generados ya no por cuestiones geológicas sino por actividades humanas pocos sustentables y amigables con el medio ambiente. Una araucaria como dicen los expertos es un fósil viviente. Ondula sus ramas con el viento y se resiste a convertirse solo en piedra.

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