COMO UN BUEY

P

or los palmares de Entre Ríos anda un sapo que se cree buey, con el cuerpo robusto, el lomo amarronado y el pecho siempre inflado ante la adversidad. De hábito terrestre y apetito voraz, a los insectos impone siempre su ley. Para los Guaraníes, en la penumbra, o bajo la luz de un farol, quien siempre trae el fuego que todo lo crea no es otro que el sapo buey.

Algunos lo conocen como Rhinella schneideri, para otros simplemente es Cururú.

Anfibio anuro, sin cola pero con extremidades posteriores caminadoras y bien desarrolladas para el salto oportuno. Aproximadamente 22 centímetros de largo y casi dos kilos de peso movilizados en cada brinco. Cabeza corta y ancha, con crestas distintivas, además hocico trunco en el perfil. Ojos globulosos, siempre sigilosos y parpadeantes ante una posible presa. Como retrata un chamamé, lengua larga es el sapo buey tan solo para comer.

Los biólogos los denominan generalistas
debido a que consumen
una gran diversidad de insectos.

Generalistas

También el animal presenta dos mandíbulas estrechas, una superior en forma de arco y otra inferior en forma de U. Los biólogos los denominan generalistas debido a que consumen una gran diversidad de insectos. Aunque los escarabajos y las arañas suelen ser presas predilectas, se han reportado también algunos conflictos con apicultores.

A pesar de los roces, el Sapo Buey está lejos de amilanarse. No duda en engullir todo lo que el tamaño de su cabeza le permita. En la Argentina Salvaje del Cururú predar sin ser predado parece ser la cuestión. Para sobrevivir entre otras cosas siempre tiene el veneno a flor de piel.

Lo saben las víboras y también algún que otro perro doméstico. Poseen dos glándulas grandes detrás de las órbitas con forma de poroto denominadas parotoides. Al igual que otras similares situadas en las patas traseras, se encargan de secretar una sustancia acuosa, blanquecina, muy irritante y venenosa.

Al infortunado predador no le queda otra que liberar rápidamente de sus fauces a la presa, aunque a veces es demasiado tarde. Antes que el sapo vuelva a su madriguera, un cortejo de síntomas y signos tales como irritación bucal, salivación, dolor abdominal y alteraciones en la marcha, se apoderan de él. En algunos casos el tóxico puede hasta desencadenar la muerte por complicaciones cardiacas. Por eso para los veterinarios, la intoxicación con veneno de sapo constituye una emergencia. Se han registrado fatalidades a menos de quince minutos del contacto.

Aliado del agricultor y del acampante,
transita sus días sin demasiadas preocupaciones.

Le alcanza con lo que es

Al sapo buey le alcanza con lo que es. Aliado del agricultor y del acampante, transita sus días sin demasiadas preocupaciones. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) no tiene que alarmarse demasiado por la supervivencia de su especie.

Por el contrario la población de sapos sufrió un incremento en los últimos años. Las hembras colocan gran cantidad de huevos en acúmulos temporarios o permanentes de agua. Varios miles que forman hileras largas visibles en el fondo. De esa nidada eclosionarán luego larvas movedizas.

Las recién nacidas se alimentan de algas planctónicas y según los científicos, durante la noche adoran nadar haciendo la plancha bien cerca de la superficie. Tranquilas parecen transitar el ciclo que las llevará finalmente a ser el sapo mas grande de la Argentina.

Pero según Rafael Lajmanovich, investigador de la Universidad Nacional del Litoral y del CONICET, algunos agrotóxicos podrían generar complicaciones a las larvas. Con un grupo de colaboradores detectó mutaciones y malformaciones en larvas litoraleñas de anuros, que habían estado expuestas a diferentes químicos empleados frecuentemente en agricultura.

Mientras espera nuevos estudios que aporten mayor información a la cuestión, el sapo buey, a veces ayudado por la luz de un farol, continúa con su tarea. Aunque de vez en cuando tenga que camuflarse en la tierra, o llenarse de aire para no ser atacado, no cesa de trabajar por el equilibrio ecológico, realizando todas las noches un importante control biológico de plagas.

Siempre hambriento, durante todo el año vocaliza un sonido fácilmente reconocible para el acampante experimentado. Una señal audible en medio del crepúsculo o la noche cerrada. Parece que entre los palmares hay un sapo sigue andando como buey. Tranquilos que trae el fuego, repiten los Guaraníes.

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