TOP TEN: Los más temidos de Argentina

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amaños, pesos y comportamientos varían, pero a todos los une una misma característica: la predilección por devorar a otras especies como alimento. En la tierra, el aire y el agua de nuestro país, ojos, dientes, garras, esperan el momento oportuno para perpetrar un ataque que asegure la supervivencia. Los nombres más temidos.

Su arte es la caza. Y lo practican con maestría merced a una evolución física y un sentido de la estrategia que han ido perfeccionando con el correr de los siglos.

Algunos se caracterizan por la potencia de su musculatura, una dentición capaz de desgarrar cualquier carne o quebrar cualquier hueso, y un pelaje fácil de confundir con el paisaje. Otros, por su habilidad para identificar potenciales presas desde el aire o el agua, el ataque silencioso, o por contar con sentidos que les permiten captar el calor para así seguir el movimiento de las especies que les sirven de alimento.

Los hay de todos los tamaños: de más de 3 metros y por encima de los 100 kilos de peso hasta de 15 centímetros y apenas unos gramos. En todos los casos se repite la voracidad que distingue a los carnívoros, en varios el cazador se vuelve presa, y también en la mayoría de las situaciones existe un solo factor capaz de poner en riesgo letal sus respectivas supervivencias: la acción del hombre.

Si bien los hábitats argentinos guardan sensibles diferencias, en términos de diversidad, con los ecosistemas africano y asiático, lo cierto es que el país también puede hacer gala de una nómina de notables depredadores.

Este animal dispone como arma mortífera
de una dentadura de 30 piezas aptas
para cortar, desgarrar y triturar cualquier carne o hueso.

Verdadera fiera

El primer nombre a destacar es el del yaguareté o jaguar (nombre científico: panthera onca) el cual, según la Fundación Vida Silvestre, aparece como el principal de las diez variedades de felinos que subsisten en la geografía local.

Con identidad proveniente de la lengua guaraní -Yaguareté significa “verdadera fiera”-, este animal comparte grupo de origen con el león, el tigre asiático y el leopardo. En provincias como Misiones, hasta hoy perdura la leyenda de que basta con nombrarlo para que el felino se haga presente en el lugar.

Dueño de un fondo de piel amarillo rojizo excepto en el interior de las orejas, la parte inferior del hocico, el pecho y otras partes bajas, donde predomina el blanco, y manchas negras que pueden presentar la forma de óvalos o rayas, el yaguareté alcanza los 2,5 metros de longitud -incluida la cola- y un peso superior a los 130 kilos.

Errante y solitario, este animal dispone como arma mortífera de una dentadura de 30 piezas aptas para cortar, desgarrar y triturar cualquier carne o hueso. Musculoso y compacto, este felino en permanente peligro de extinción también es un excelente nadador y basa su alimentación en la caza -sobre todo nocturna- de vertebrados de gran porte como el jabalí, el venado o el tapir.

Asimismo, distintos tipos de aves, peces, lagartos, yacarés, tortugas, coatíes, e incluso cuises, se ubican también entre las presas predilectas del yaguareté. Con celo posible en cualquier época del año, las hembras de esta especie pueden dar a luz hasta cuatro crías las cuales recién sabrán cazar al año y medio de nacidas.

Con presencia confirmada en territorios selváticos o de bosques espesos de provincias como Misiones, Chaco, Formosa, Salta y Jujuy, el yaguareté es protagonista de diversas campañas de conservación. En la actualidad se estima que la población de este certero cazador no supera los 60 ejemplares en la Argentina.

Carente de enemigos naturales, la desaparición del yaguareté debe su razón a la acción directa del hombre, quien además de cazarlo por el valor comercial de su piel también suele considerarlo un peligro para las personas.

Provisto de una treintena de caninos largos,
premolares agudos, y muelas carniceras,
este animal también cuenta con una visión
que se adapta a las horas de mayor oscuridad

La garra más extendida

El segundo lugar en la escala de depredadores locales pertenece al “felis concolor”, mejor conocido en la cultura popular como puma. De pelaje corto, y en tonalidades que van del ocre al pardo pasando por variaciones en canela, este felino aparece como el segundo más grande de la Argentina detrás del ya mencionado yaguareté.

El puma puede superar con comodidad los dos metros de longitud y su peso merodea los 100 kilos. Provisto de una treintena de caninos largos, premolares agudos, y muelas carniceras, este animal también cuenta con una visión que se adapta a las horas de mayor oscuridad y miembros posteriores más desarrollados que los anteriores para favorecer el salto.

De garras retráctiles y siempre afiladas, y eximio nadador, el puma se alimenta en esta zona del mundo principalmente de ciervos y venados, aunque también gusta devorar guanacos y huemules, y animales más pequeños como castores, puercoespines o cuises.

Capaz de engendrar de 1 a 6 crías por año, este formidable depredador se adapta prácticamente a cualquier hábitat. Así, es posible ubicarlo tanto en las duras nieves de la cordillera de los Andes como en las planicies de la llanura pampeana. En la Argentina, a excepción de la provincia de Tierra del Fuego y buena parte de los territorios de Entre Ríos y Buenos Aires, el puma dice presente en todas las jurisdicciones.

Aunque desprovisto de enemigos naturales, existen imprecisiones respecto del status de supervivencia asignado a este felino. En general, se lo considera fuera de toda fase de extinción.

Gato cazador

Detrás del yaguareté y el puma, existe otro felino de notables habilidades a la hora de la caza: el ocelote o gato onza (leopardus pardalis), un mamífero carnívoro de tamaño reducido -alrededor de un metro de largo y hasta 16 kilos de peso- pero de tremenda voracidad.

El ocelote se alimenta de monos, aves de todo tipo, yacarés jóvenes, lagartos, serpientes, tortugas, pescados y, si falta alguna de estas alternativas, no tiene problemas en atacar a animales domésticos. Hay más: reportes de organizaciones ambientalistas incluso destacan que hasta suele ser caníbal.

Dueño de un oído privilegiado y una vista que se expande en horas de la noche, este felino presenta un pelaje corto y suave en amarillo-rojizo, con manchas negras alargadas y vetas en blanco. Una particularidad del ocelote está en que los dibujos en su cuerpo varían según el individuo.

Presente en las selvas de Misiones, el monte chaqueño, y algunas zonas de Tucumán y Salta, el ocelote se encuentra en peligro de extinción tanto por la destrucción de su hábitat como por la caza para la posterior venta de su piel.

La vieja astucia

Con presencia en prácticamente todo el territorio local, el zorro también aparece como otro de los depredadores locales de relevancia.

En la Argentina, según la Asociación para la Conservación de la Diversidad Biológica (BIOTA), habitan seis especies de cánidos nativos, destacándose entre ellos el zorro común o de monte (cerdocyon thous), el zorro chico o gris patagónico (lycalopex griseus), el zorro pampa o pampeano (lycalopex gymnocercus) y el zorro colorado, rojo o andino (lycalopex culpaeus).

De estas variedades, el zorro colorado asoma como el de mayor tamaño con su 1,5 metros de longitud y un peso que, en el caso de los ejemplares adultos, puedo llegar a los 14 kilos.

De pelaje largo y denso en tonos rojizos, este animal se alimenta principalmente de liebres, conejos, chinchillas, cuises, aves y reptiles. Al igual que sus pares pampeano, gris o de monte, también gusta de atacar a cabras y ovejas, y hasta considera presas a los ejemplares juveniles de guanaco o vicuña.

Con el puma como único enemigo natural, este cánido reside en cuevas o madrigueras y casi siempre de forma solitaria. Dada su tendencia a alimentarse de ganado doméstico, sumado al valor económico de su piel, el zorro es perseguido por el hombre en todos los ámbitos. Por el momento no hay indicios de que su supervivencia esté en riesgo.

Ataque silencioso

Entre las especies que no pueden dejar de mencionarse en está nómina hay una serpiente que, por sus particulares medidas, tiene un lugar garantizado en la clasificación: la lampalagua o boa de las vizcacheras (nombre científico: boa constrictor occidentalis).

De hábitos nocturnos, sus cuatro metros en edad adulta le garantizan, por lejos, el status de mayor serpiente de la Argentina. Y, aunque carece de veneno, la lampalagua es una cazadora implacable merced a la tremenda musculatura del cuerpo y su boca dentada. Este ofidio, silencioso al extremo en sus movimientos, mata por constricción y entre sus presas hay que contar yacarés pequeños o medianos, pájaros, lagartijas, y todo tipo de roedores.

De piel en color castaño claro o gris oscuro con manchas claras en la línea media del cuerpo, la boa de las vizcacheras rara vez ataca al hombre aunque suele ser agresiva si se la intenta manipular. En situación de inminente extinción, la lampalagua puede ubicarse esporádicamente en zonas apartadas de provincias como Formosa, Chaco, Tucumán, Santiago del Estero e, incluso, Córdoba.

Caza principalmente de noche
y obtiene la mayoría de sus presa
en las adyacencias de las aguas que habita

Fauces en la Mesopotamia

Con presencia en ambientes acuáticos de Misiones, Entre Ríos, Corrientes, Formosa y algunas áreas de Santa Fe,

el yacaré overo (nombre científico: caimán latirostris) es endémico de esta parte del mundo y en edad adulta puede superar los 2,5 metros de longitud.

Con escamas que combinan el verde intenso con tonos grises, este reptil come con voracidad desde serpientes y peces hasta mamíferos medianos como la corzuela pasando por todo tipo de aves, anfibios y cangrejos. También se alimenta de carroña.

Sumergido durante gran parte del invierno, el yacaré overo se aparea en primavera y la hembra puede llegar a poner hasta 40 huevos blancos. La etapa del nacimiento es la única en la que este animal ofrece algún tipo de indefensión. En ese caso, garzas y cigüeñas son algunas de las aves que devoran a las crías.

Con el yaguareté como único enemigo natural ya en etapa adulta, el yacaré negro caza principalmente de noche y obtiene la mayoría de sus presa en las adyacencias de las aguas que habita. La demanda de cueros que ostenta la industria talabartera, sumado al avance agrícola sobre sus dominios, colocan a este primo de los cocodrilos en estado de probable extinción.

Pico y pluma

Los depredadores también dicen presente en el reino de las aves. En ese sentido, el águila mora (nombre científico: geranoaetus melanoleucus), con su casi un metro de longitud, hace punta entre los cazadores que atacan desde el aire.

Con presencia en toda la Patagonia, sierras del centro de la Argentina y sur de Buenos Aires, y apariciones esporádicas en Misiones, Chaco, Corrientes o Formosa, este rapaz ostenta plumas grises en las alas, dorso negro, y área ventral blanca con listones finos en tonalidades oscuras.

El águila mora se alimenta de conejos, liebres, zorrinos, vizcachas, carroña e, incluso, otras aves. De comportamiento solitario, la hembra de la especie siempre es más grande que el macho y en épocas de reproducción coloca hasta 3 huevos blancos.

Aliado del hombre dado su gusto por los roedores, este rapaz no se encuentra en situación de extinción aunque se lo suele cazar de forma ilegal.

En lo profundo

El mar Argentino también es territorio de caza y en ese ámbito se destaca una especie en particular: el tiburón sardinero o cailón (nombre científico: lamna nasus). Distribuido en aguas profundas frente a toda la costa local, aunque en verano suele acercarse a las playas, este escualo se caracteriza por su capacidad de ataque y puede, incluso, resultar de riesgo para las personas.

El tiburón sardinero mide hasta 3,6 metros y pesar unos 220 kilogramos. De color gris azulado en el dorso y los costados, y una blancura extrema en el vientre, este pez basa su alimentación en calamares y ejemplares de arenque, sardina, caballa y bacalao. Una particularidad de esta especie es que también ataca y devora a otros tiburones. Dado su tamaño, es común que el tiburón sardinero cace presas de gran porte como atunes, peces espada y delfines.

De dientes irregulares aunque agudos, y reproducción vivípara con camadas de hasta 5 crías, este pez tiene una presencia cada vez más acotada en los mares por su excesiva explotación comercial. La carne del escualo en cuestión es muy apreciada en Europa y Asia.

Un ave rapaz que a veces incluso
puede verse sobrevolando algunos barrios
de la Ciudad de Buenos Aires.

Rapaz popular

Uno de los últimos lugares de la nómina es propiedad de una de las aves más vistas y reconocibles de la geografía argentina. Se trata del carancho (nombre científico: caracara plancus),

un ave rapaz que a veces incluso puede verse sobrevolando algunos barrios de la Ciudad de Buenos Aires.

De pico grueso y fuerte, plumas en marrón oscuro, cuello blanquecino, y capuchón negro en la cabeza, este rapaz puede alcanzar los 1,4 metros de envergadura en situación de alas abiertas.

Habitante indiscutible de todas las provincias del país, el carancho posee una dieta a base de roedores, anfibios, serpientes, y también otras aves. Es común que ataque los nidos de otras especies para alimentarse con crías o huevos, y también que aceche a animales enfermos.

Carroñero según la ocasión, esta especie construye guaridas en los árboles con tal desprolijidad que, incluso, esta condición dio origen a refranes populares como, precisamente, “más desordenado que nido de carancho”. Por el momento es una especie sin riesgo de extinción.

Aunque no está considerado en peligro de desaparición total,
el perro vinagre en la actualidad
sólo se ubica en determinadas zonas de Misiones y Corrientes.

El más raro

El puesto que cierra esta clasificación de depredadores argentinos corresponde a, tal vez, una de las especies menos conocidas que habitan la zona noreste del país. Conocido popularmente como perro vinagre o zorro pitoco, este mamífero (nombre científico: speothos venaticus) se agrupa en poblaciones de hasta 12 individuos y apela a estrategias de caza colectiva.

El perro vinagre mide casi un metro, ostenta unos 30 centímetros de altura y puede pesar hasta 7 kilogramos. De pelaje pardo en la cabeza y cuerpo en tonos rojizos, la especie tiene entre sus presas preferidas a agutís, venados, y cerdos salvajes. También suele cazar carpinchos y peces. Cuando actúa en grupo incluso es capaz de atacar y abatir a animales de gran porte como el tapir.

Gran nadador y mejor excavador, el perro vinagre suele aparearse en los meses de noviembre y diciembre, y la hembra da a luz hasta 6 cachorros. Inofensivo para el hombre, este animal ha ido perdiendo presencia en la Argentina por efecto del desmonte y la migración de sus presas.

Aunque no está considerado en peligro de desaparición total, el perro vinagre en la actualidad sólo se ubica en determinadas zonas de Misiones y Corrientes.

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