DISTRITO CALDÉN

Calden District
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ierra arenosa y de clima semiárido, marcada a fuego hace ya algunos siglos por el auge de la ganadería, la industria maderera y el ferrocarril.

Ubicada en gran parte en la provincia argentina de La Pampa, allí donde habitualmente sopla el viento y cada invierno caen tremendas heladas. Pampa seca, que de ombú no tiene nada, donde se mezcla leyenda ranquel, costumbre gaucha y vivencia urbana. Enarbolada por un Caldén, árbol mástil y emblema, verdadera savia nutricia, o la sangre de la pampa en las venas.

El Caldenal traza en el mapa de la provincia una franja diagonal que ingresa por el norte y se dirige hacia el sudeste para desembocar en el Río Colorado. Ocupa en la actualidad alrededor de 2.459.507 hectáreas, lo que equivale aproximadamente al 16,8% del territorio provincial. Registros anteriores daban cuenta de un 24% de la superficie recubierta por la especie considerada ahora patrimonio natural.

De copa amplia

Árbol autóctono, robusto y con raíces extensas que lo amarran al suelo. Conocido como Prosopis caldenia por los científicos, puede llegar a medir 12 metros de altura, con un tronco de corteza rugosa de hasta 1,5 a 2 metros de diámetro. Tiene una copa amplia y redondeada que en algunos ejemplares registra los 15 metros de diámetro. Sus hojas pequeñas caen cada invierno y son recuperadas en noviembre. Presenta espinas cónicas en sus ramas, pero también regala flores. Pequeñas, agrupadas en espigas amarillentas y pendulares de 5 a 8 centímetros de longitud.

Cada verano el caldén fructifica y se puebla de vainas naranjo-amarillentas. Achatadas, encorvadas, de 10 a15 centímetros de longitud y 8 milímetros de ancho. Alojan en su interior alrededor de 40 semillas amarillentas, circulares, dulces y apetecibles para el ganado. Pero además del sabor son nutritivas, contienen proteínas y un alto valor energético. Los animales adoptan el rol de predadores, pero también actúan como dispersores de semillas. Durante el paso por el tubo digestivo rompen la cáscara que las recubre y eliminan el fruto listo para su germinación.

Arsal

Resistente

El caldén es un árbol xerófilo, resistente a la sequía y, por si fuera poco, a la predación por herbívoros. Habita en suelos que reciben alrededor de 450 a 550 milímetros anuales de lluvia. A pesar de ello se las ingenia para mitigar la nociva erosión del terreno y la consecuente perdida de nutrientes que conlleva a la desertificación, además de servir como alimento o refugio para la variada fauna de la región. Sin pasar por alto a algunas abejas polinizadoras, interactúa con pumas, comadrejas, ñandúes, vizcachas, lechuzas y cardenales amarillos, entre muchas otras especies.

Suele conformar bosques abiertos luminosos, con 8 a 23 árboles por hectárea, acompañados por pastizales entre los que predominan pajonales, o bien lo hace asociado a arbustos tales como el piquillín y el atamisque por solo nombrar algunos. También genera bosques cerrados más densos a veces puros, pero más frecuentemente en coexistencia dominante con otros árboles tales como el chañar o algún algarrobo. A pesar de la fortaleza de la especie, los caldenales constituyen ecosistemas que fueron y son modificados profundamente por actividades humanas: talas o desmontes, la introducción de ganado y el empleo controlado del fuego figuran entre las más influyentes.

Huitrú

Para los Ranqueles, pueblo originario de la pampa argentina, el caldén -o Huitrú según su idioma- fue y es árbol sagrado. Sinónimo de rebeldía ante la adversidad, resistencia a toda prueba y bondadoso espíritu protector, para aquellos colonos que a partir de 1879 llegaron de la mano de la denominada “Conquista del Desierto”, se trataba en cambio de una plaga a la que era menester eliminar en pos del progreso agropecuario. O en el mejor de los casos un valioso recurso económico natural, ni más ni menos que madera destinada a alimentar calderas de locomotoras o a la industria.

“El hacha de César ha declarado su guerra cruel a los caldenes. Pero es la necesidad, la apremiosa necesidad, no el fanatismo, lo que abre el tajo y allana la floresta. Caen los árboles corpulentos, milenarios tal vez, reclamados por las usinas, por las fábricas, por el ferrocarril”, comentaba un cronista en 1918. Y agregaba que “las industrias agropecuarias poca vitalidad dan todavía a la zona. Se está en faena primitiva de descuajar el bosque para entregar campos a la roturación”.

En la actualidad el bosque de caldén pampeano se encuentra fragmentado, acorralado, disminuido. Pero existen algunos sitios en donde es venerado y se apuesta a su recuperación. Ocurre en la Reserva Provincial Parque Luro, 30 kilómetros al sur de Santa Rosa, en donde existen ejemplares protegidos y conservados. También en la Reserva Natural Pichi Mahuida, al sudeste, o en la Reserva de La Laguna Guatraché situada al este de la provincia, entre otras.

Los expertos ven como necesaria la implementación de nuevas áreas protegidas. Prefieren ver al árbol con las raíces en la tierra, constatar cómo el diámetro del tronco crece sus cuatro milímetros por año a pesar de la inclemencia. También oír abatido al viento, disfrutar del canto de los pájaros, o maravillarse con las historias ranqueles o aquellas otras que han de surgir. El caldén siempre fue más que madera, es mástil y emblema. Para qué convertirlo en carbón, si es el calor de la pampa que corre por las venas.

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