EL MÁS GRANDE

Autor: Fernando Fuentes

E

n Argentina durante noches sin luna, desde espesos pastizales asoma el tímido y solitario Aguará Guazú (Chrysocyon brachyurus). No es perro, ni zorro, mucho menos lobo o séptimo hijo varón. Interrumpe el silencio crepuscular con un aullido ronco, inquietante y muy de lejos audible. Con uñas y dientes avisa que es diferente.

Distinto

El Aguará Guazú no es un lobo, un zorro, ni un perro. Su pariente más cercano es el Guará de las Islas Malvinas, de quien se separó como especie hace más de 6 millones de años. Esto no sería nada llamativo si no fuera por el hecho que los primeros registros fósiles de cánidos en Sud-América datan de solo unos 2.5 millones de años.

“Suena una voz como un ¡ guaaa… ¡ lastimero, o más bien diríamos macabro, que se oye de muy lejos y que no se olvida si se ha oído una vez”.
Cabrera y Yepes, Mamíferos Sud-Americanos-1940

Así al menos lo acredita un estudio de ADN realizado en 2009 por la Universidad de California. “dado que el Guará y el Aguará Guazú se separaron hace tanto tiempo, deberían existir restos fósiles de sus parientes cercanos en Sud-América´´, decía Graham Slater, unos de los investigadores a cargo del proyecto. Y de hecho estaban en lo cierto.
En el año 2013 una investigación conducida por la universidad australiana de Adelaide en conjunto con investigadores chilenos y argentinos, concluyó que la especie conocida como Dusicyon Avus, extinta entre 3000-8000 años atrás, es el eslabón perdido en la cadena evolutiva de estos cánidos. El Guará desapareció de la faz de la tierra en el siglo XIX víctima de la caza.

El más grande

Es el mayor de los cánidos sudamericanos y su distribución abarca Bolivia, Brasil y Paraguay, además de Argentina, dónde suele vérselo con mayor frecuencia en el Litoral, aunque también han sido avistados en las provincias de Santiago del Estero y Córdoba.

Su cuerpo grande y patas largas le otorgan un andar desgarbado, y su melena abultada y orejas anchas hacen parecer pequeña la cabeza en comparación al resto del cuerpo. Algunos ejemplares adultos pueden medir 107 centímetros de altura a la cruz y hasta 125 centímetros de longitud. A los que por supuesto habría que agregarle unos generosos 45 centímetros de cola. En algunos casos un ejemplar alcanza los 34 kilos de peso promedio.

Maduran sexualmente en un año y tienden a formar parejas estables. Durante cada otoño el periodo de apareamiento vuelve a los machos aún más competitivos y territoriales. Pasado ese tiempo, y tras dos meses de gestación, acompañan a las hembras en el cuidado de las crías. Los pequeños suelen nacer de a pares, con un peso de alrededor de 400 gramos cada uno. Llegan a este mundo, ciegos, indefensos, ni siquiera con el tupido pelaje. Por suerte recibirán cuidado parental al menos durante un año.

Aparecido en el Crepúsculo

Suelen andar solos o en pareja y nunca forman manadas. Habita en zonas inundables, con pastizales y pajonales con isletas, donde permanecen ocultos durante el día, para ponerse recién en marcha ni bien entrado el crepúsculo cuando se sienten más a gusto para salir a cazar.

Su dieta no es para nada estricta. Devoran desde cuises y otros roedores pequeños, pasando por frutos e insectos, aves, armadillos, reptiles y anfibios, peces y cangrejos, hasta incluso carroña en épocas de escases. También se ha observado que consumen ciervo de las pampas en forma muy ocasional, y posiblemente corzuelas.

Sus hábitos nocturnos sumados a su aspecto desgarbado y su característico (e inquietante para el que lo escucha por primera vez) aullido, aportaron a la mala fama del Aguará Guazú.

Cuenta el folklore local que todos los viernes, y a veces también los martes, una bestia maldita deambula por el monte, los campos y los cementerios. Según la leyenda se trataría de un séptimo hijo varón, que luego de un ritual involuntario compuesto de tres giros hacia la izquierda y una oración dicha al revés, se transforma en lobizón para pasar la noche entera engullendo sus alimentos de preferencia: excremento de gallina y cuerpos en descomposición. También a veces, para balancear su dieta, saborea algún que otro bebé no bautizado.

Sin balas de plata

Lamentablemente para matar a un Aguará Guazú no hacen falta balas de plata. Lo saben algunos cazadores que se han encargado de diezmar la población actual por superstición, deporte o simplemente puro gusto.

Sumado a la caza excesiva, el avance del urbanismo sobre la naturaleza también ha facilitado los encuentros del hombre con el Aguará Guazú. Solo durante el periodo 2000-2005 alrededor de 21 ejemplares habían muerto por colisiones en la Ruta Nacional 34.

Otros factores que condicionan la distribución de la especie son las modificaciones que ha sufrido su hábitat. Diversas actividades humanas, tales como la agricultura o la ganadería por nombrar solo algunas, han impactado directamente en su ecosistema. Pastizales, bañados, pantanos y selvas han perdido biodiversidad y ya no protegen al cánido como antes. Según los científicos cada Aguara Guazú requiere entre 20 a 115 kilómetros cuadrados de hábitat para desenvolverse correctamente y subsistir.

Se estima que la población actual en el territorio argentino ronda los 800 ejemplares.

En Peligro

Los Aguará Guazú no representan ninguna amenaza para los seres humanos. Libres no generan pérdidas económicas en cultivos, ni en zonas de ganadería. De todos modos son combatidos, o en su defecto adoptados o vendidos como mascotas exóticas, y algunas entidades nacionales que se dedican al estudio y seguimiento del animal, lo consideran seriamente amenazado.

Por estas razones y para evitarle un destino similar al de su antepasado, provincias como Santa Fe, Corrientes y Chaco lo han declarado Monumento Natural y su caza está prohibida y penalizada en todo el territorio argentino.

Por suerte mientras tanto en la espesura, se escucha aún desde lo lejos un aullido inquietante.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: