EN AGOSTO LOS LAPACHOS

“En agosto los lapachos suelen florecer amores y suben mi patio arriba a confundir los colores”, entona el músico riojano Pancho Cabral. “Yo les presto mi cielo, digo el cielo de los nuestros, de los que esperan verano con una albahaca en el huerto”, promete en su canción Como esperando la vida.

E

n la ciudad de La Rioja, capital de la provincia homónima situada en el Noroeste Argentino (NOA), además de ser el sitio en donde vidaléa Pancho, desde hace algunas décadas ha existido una notoria transición en el arbolado urbano. Para el historiador Miguel Bravo Tedín ya no es más la “Ciudad de los Naranjos”. Así había sido denominada en tiempos de la conquista española. Un sacerdote en 1620 al arribar al pequeño poblado creyó llegar al paraíso terrenal luego de transitar dos leguas escoltado por naranjos. En la actualidad son pocos los cítricos que adornan plazas y calles.

Los lapachos en tanto no son árboles autóctonos de la ciudad, pero han sabido adaptarse al suelo y las condiciones ambientales reinantes. El rasgo más distintivo que poseen son sus ornamentales flores. Existen blancas, pero aquellas de color rosado suelen ser las más comunes y llamativas a la vista. El nombre científico de la especie, conocida popularmente como lapacho rosado, es Handroanthus impetiginosus. Es un vegetal nativo de las yungas del NOA y su distribución original abarca las provincias de Jujuy, Salta, Tucumán y Catamarca.

Plantado sobre suelos arenosos riojanos puede alcanzar hasta 30 metros de porte. Presenta un tronco recto, cilíndrico, de 8 a 15 metros de alto y 20 a 60 centímetros de diámetro. Con una corteza castaño oscura, dura y con fisuras longitudinales que se acentúan con el transcurrir de los años. Suele ramificarse por encima de los 10 metros. Da origen a una copa redondeada, frondosa, irregular, con un follaje que cae y se renueva cada año.

Arsal

Estallido en flor

Las hojas suelen ser un tanto remolonas y de manera característica aparecen luego de la floración de la especie. Son de color verde oscuro y se presentan de a dos por cada nudo, unidas por un tronco o pecíolo al tallo. Las flores en tanto estallan cada agosto y se agrupan formando racimos rosados que disminuyen su tamaño a medida que se acercan al ápice. Son grandes, tubulares, de 5 a 7 centímetros de longitud.

Los lapachos son considerados Patrimonio Natural de la Ciudad. Algunas iniciativas locales como el mantenimiento de un vivero municipal y la entrega de ejemplares para ser plantados por los propios vecinos han contribuido a confundir los colores. Rosado sobre fondo celeste, un cielo riojano prestado al lapacho en flor. En tiempos en que los citados arboles comienzan a ser escasos, y difíciles de divisar incluso en las mismas yungas, acciones de este tipo, como bien dice Pancho en su canción, son un soplo arribita de una herida.

Bravo Tedín en tanto cree que La Rioja es en realidad la “Ciudad de los lapachos”. Para darle la razón basta solo con pegarse una vuelta a fines de cada invierno. Recorrerla significa participar de otro carnaval. Uno sin verano, ni harina, con albahaca aún en el huerto, pero con cientos de exuberantes flores que alegran la mirada y también logran curar alguna que otra pena.

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