FURIA LATENTE

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uestro país cuenta con 50 formaciones que se ubican a lo largo de la Cordillera de los Andes o en sus adyacencias. De ese número, unos 36 volcanes son monitoreados constantemente por considerárselos activos o latentes. El Copahue, en la provincia de Neuquén, es el que más erupciones acumula en los últimos años.

Una fuerte explosión, acompañada de rabiosas tormentas eléctricas, lluvias torrenciales, y un vapor denso y blanquecino, genera el caos en los pueblos santacruceños de Perito Moreno y Los Antiguos.

Agosto de 1991. Una fuerte explosión, acompañada de rabiosas tormentas eléctricas, lluvias torrenciales, y un vapor denso y blanquecino, genera el caos en los pueblos santacruceños de Perito Moreno y Los Antiguos. La nube de cenizas que sigue a la detonación acabará con la vida de todo el ganado lanar de la zona y pondrá en jaque la disponibilidad de agua potable. En medio de la tragedia, un alivio relativo: la erupción había sido del lado chileno de la Cordillera de los Andes. El protagonista no era más que el volcán Hudson.

Abril de 2015. Tras cuarenta y tres años de inactividad, el Calbuco entra en erupción apenas pasadas las seis de la tarde del día 22 y la expulsión de cenizas es tal que hasta obliga a evaluar la suspensión de las elecciones provinciales en el distrito de Neuquén.

Nuevamente, se conoce que todo proviene de territorio chileno, en una certeza que en esas instancias acercó cierta tranquilidad a los pobladores de la región. Entre uno y otro caso se sucedieron otras dos situaciones catastróficas con consecuencias directas -y funestas- en la Argentina. Las preguntas, si se quiere obligadas, se vuelven casi previsibles: ¿qué ocurre entonces con el sistema volcánico local? ¿Cómo está compuesta su estructura? ¿existen picos activos ahora o con posibilidades de entrar en erupción dentro de nuestra geografía?

Fronteras hacia adentro, y dadas las características geológicas de la Argentina, se ubican hasta 50 volcanes los cuales en su totalidad se encuentran esparcidos a lo largo o en adyacencias de la cordillera ya mencionada. Estas formaciones se inscriben dentro del denominado Cinturón Volcánico de los Andes, una figura que se utiliza para agrupar a los conos de Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Bolivia y Argentina.

A nivel local, además de los volcanes en pleno cordón montañoso andino, también es posible ubicar montes de retroarco, esto es, cuencas de naturaleza volcánica que se ubican al margen de la seguidilla de conos cordilleranos o se encuentran sumergidas en torno a áreas oceánicas como las islas Sandwich del Sur. Algunos ejemplos de volcanes de retroarco son Pali Aike, un campo ubicado en el límite entre la provincia de Santa Cruz y la región chilena de Magallanes -282 metros en su punto más alto-, y el Basalto Cráter, una formación cuya mayor altura se ubica en el orden de los 1.360 metros y se emplaza en un área que separa a Chubut de Río Negro.

Otros casos son el Payún Matrú, en el departamento de Malargüe, en Mendoza -3.680 metros de altitud-, y referencia para la creación en el año 1988 de la reserva provincial La Payunia, y el Tromen -altitud de 4.114 metros-, inserto en la provincia de Neuquén y en cuyos alrededores de levanta la localidad de Buta Ranquil.

Respecto de La Payunia en particular, un artículo de Ana María Sedevich, investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), refiere: “Este espacio es un lugar formado por actividades volcánicas de larga data producidas por erupciones explosivas y efusivas con origen estimado de veinte millones de años, hasta las más actuales, hace aproximadamente diez mil años, entre el Cuaternario y el Terciario”. Por fuera de estas formaciones se ubican los volcanes de mayor relevancia tanto por envergadura como por actividad. Ocurre que, del medio centenar de conos anticipado, en la Argentina existen 36 que presentan algún tipo de movimiento o reúnen características que podrían suponer un riesgo a futuro.

Según especialistas del Grupo de Estudio y Seguimiento de Volcanes Activos (GESVA), un equipo de trabajo dependiente de la Universidad de Buenos Aires (UBA), los conos que deben ser monitoreados se dividen entre, precisamente, activos -o sea, que han tenido erupciones en las últimas tres décadas-, y latentes -aquellos que evidencian por su morfología actividad reciente o hay registros de actividad en los últimos 10.000 años-.

Entre los de movimientos registrados en el último tiempo hay que ubicar al Aracar, en la provincia de Salta y con 6.095 metros, que emitió una columna de cenizas en 1993, y el Azufre o Lastarría, entre Salta y Catamarca -5.700 metros-, que en estos años evidenció desde la emisión de mezclas de gases y vapores hasta flujos de azufre.

De acuerdo a un relevamiento de GESVA, Ojos del Salado -6.864 metros, en el límite de Catamarca con Chile-, debe considerarse activo en tanto liberó gases también en 1993. El volcán Copahue -Neuquén, 2.953 metros-, en tanto, acumula más de 12 erupciones en los últimos 250 años y, de acuerdo al grupo de trabajo, “las más recientes datan de 1992, 1995 y 2000”. El Viedma, en cambio, fue protagonista de una erupción que depositó cenizas y piedra pómez en el lago homónimo en el año 1988. El volcán en cuestión se ubica en la provincia de Santa Cruz, en la frontera con Chile, y alcanza una altura de 1.500 metros.

Por supuesto, hay nombres quizás más representativos en el imaginario popular pero que, para fortuna de las zonas habitadas que evolucionan en sus alrededores, no registran grandes movimientos en décadas o siglos. El Lanín -3.776 metros, provincia de Neuquén-, por ejemplo, registró su última actividad tras un terremoto ocurrido en 1906. Aún así, en octubre de 2013 el chileno Observatorio Vulcanológico de los Andes del Sur (OVDAS) reportó un leve sismo en torno al volcán.

Según los científicos trasandinos, el movimiento repercutió en las paredes de hasta 80 metros que ostenta el glaciar que cubre todo el cráter del Lanín. El organismo detectó aludes y desprendimientos de hielo en la cara sur de la elevación. Por su parte, el Antofagasta de la Sierra -Catamarca, 4.000 metros-, hasta el momento nunca tuvo una erupción, mientras que el Llullaillaco -Salta, 6.739 metros- expulsó gases y cenizas por última vez en 1877.

Según este investigador,
cualquier volcán
que hubiera hecho erupción
hasta hace diez mil años
puede volver a tener actividad.

Una particularidad respecto del estado de situación de los volcanes de la Argentina es que la mayoría de las formaciones son monitoreadas justamente por Chile. En el país vecino se acumulan las opiniones acerca de que la actividad volcánica tienen vínculo directo con los terremotos, por lo que -a partir de incidentes como el constatado en el Lanín- especialistas trasandinos procuran anticiparse a las erupciones cada vez que se registra un sismo.

Al respecto, Andrés Folguera, doctor en Ciencias Geológicas e investigador del citado CONICET, coincide con dicha posición: “Está prácticamente probada la ligazón entre los grandes terremotos y las posteriores erupciones de volcanes. Después del terremoto de Chile (año 2010), erupcionaron el Peteroa, el Puyehue, el Copahue, el Villarrica y el Calbuco”.

Lo que sucede con cada una de estas formaciones se controla mayormente a través de tres técnicas diferentes. Esto es, vía la utilización de sismógrafos, mediante la medición de las aguas termales que brotan de las laderas de estas estructuras geológicas, o a través de métodos astronómicos como la interferometría. Basada en el uso de satélites, esta última permite observar al detalle los cambios de relieve que suelen preceder a las erupciones.

¿Pueden ocurrir en la Argentina eventos como los protagonizados por los volcanes Hudson y Calbuco del otro lado de la Cordillera de los Andes? Lorenzo Parra, geólogo y catedrático de la Universidad Nacional de Catamarca (UNCA), no titubea al momento de establecer una perspectiva.
Según este investigador, cualquier volcán que hubiera hecho erupción hasta hace diez mil años puede volver a tener actividad. “Los volcanes están esperando a que el magma en el interior de la tierra se acerque más a la superficie para iniciar su actividad, y esto puede ocurrir en cualquier momento”, expresó recientemente. Para luego concluir: “La Cordillera de los Andes se formó por la actividad volcánica. Esto quiere decir que todas las montañas en la zona son producto de erupciones, y esas erupciones se pueden repetir”.

Por Patricio Eleisegui

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