FESTIVAL DE BALLENAS

Autor: Fernando Fuentes

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ada año a partir de junio en la chubutense Península Valdés, una pequeña extensión de tierra en íntimo contacto con el Océano Atlántico, se desarrolla una fiesta de ballenas francas australes. No en vano Puerto Pirámides, una aldea costera de ese argentino y escotado patrimonio de la humanidad, ha sido nombrada capital nacional de dicho cetáceo. Allí el espectáculo está garantizado, con miles de ejemplares que arriban anualmente.

Las ballenas son especies altamente migratorias. Condicionadas fuertemente por la imposibilidad de encontrar un hábitat óptimo tanto para la alimentación, como para la reproducción o el nacimiento de sus crías.

Luego de meses de alimentación vienen hembras a dar a luz y a destetar sus ballenatos, otros machos y hembras adultas dispuestas a aparearse, pero también algunos especímenes jóvenes que solo buscan hacer sociales. Son bien recibidas por elefantes marinos y pingüinos, también divisadas desde lejos por algún guanaco o una mara. En tanto que desde el aire algunas gaviotas, molestas y hambrientas, les picotean el lomo en busca de su sustento. Lamentablemente les causan algún que otro problema.

“Escapan de las aguas frías de la Antártida, recorren miles de kilómetros en busca de un mar más templado en donde pasar el invierno.”

Ignoradas nunca

Nunca pasan desapercibidas. Y no es para menos ya que, según el Instituto de Conservación de las Ballenas (ICB), un ejemplar adulto puede llegar hasta los quince metros de longitud y pesar hasta 60 toneladas. Las hembras generalmente son las de mayor tamaño y una cría recién nacida puede llegar a medir cinco metros. De lejos pueden reconocerse por su cabeza cubierta de callosidades, la cual ocupa un tercio de la longitud total del cuerpo. Estas callosidades serían prácticamente del mismo color que el resto del cuerpo si no fuera por los pequeños crustáceos llamados Ciámidos que habitan en ellas. Tampoco se tienen demasiadas dudas que se está frente a una de ellas cuando se percibe ese magnífico soplido en forma de V.

Los científicos han sabido esperarlas y cuidarlas y eso ha rendido frutos. Saben que en los sitios de alimentación prefieren devorar un diminuto camarón, muy nutritivo y rico en proteínas, llamado krill. Se satisfacen diariamente con solo con dos, toneladas claro. A falta de dientes, las ballenas tienen barbas que se entrelazan formando redes o filtros. Las barbas dejan pasar agua con comida, pero retienen los nutrientes. Una enorme lengua empuja la comida retenida hacia la garganta para luego ser tragada. A diferencia de delfines o cachalotes las ballenas no necesitan bucear profundidades para alimentarse. El krill flota y espera tranquilamente cerca de la superficie.

Pero Península Valdés no es un sitio de alimentación de las ballenas, allí generalmente transcurren meses en donde el animal se ocupa de comer poco y nada. Han llegado luego de pasar por zonas de alimentación situadas en el Atlántico Sur. Traen reservas de energía suficientes acumuladas en una gruesa capa de grasa situada debajo de la piel. Con un aperitivo patagónico entonces  basta y sobra.

Idea fija

A Valdés vienen con una idea fija, y precisamente no se trata de ver turistas. Algunas llegan en franco ritual de procreación. Es común ver grupos de cortejo, e incluso de apareamiento, integrados por una hembra y varios machos. Sin una pareja estable, allí todo es competencia. Algunos machos como si fueran ciervos pelean utilizando las callosidades como cornamentas. Finalmente ganará aquel cuyos espermatozoides logren fecundar el único óvulo de la hembra. Con tanto desorden, los científicos deben recurrir a estudios de ADN extraídos de la piel del animal para determinar relaciones de parentesco.

Otras hembras en cambio retornan a la península preñadas. Luego de doce meses de gestación consideran a este sitio como óptimo para que sus crías vean la luz por primera vez. La mayoría de los partos ocurren entre julio y agosto. El ballenato durante el primer año tiene su nutrición asegurada a partir de leche materna, un compuesto altamente energético y rico en grasas y proteínas. A partir del segundo año deberá conseguir alimento por las suyas.

Por último, llegan también ballenas juveniles de ambos sexos que no están en edad reproductiva. ¿Si aquí no se alimentan, ni se reproducen, para qué vienen?, se preguntaban los científicos. Gracias a observaciones pacientes los investigadores pudieron constatar que las hembras juveniles generalmente pasan gran parte del tiempo con madres y sus crías, mientras que los machos púberes sociabilizan más con machos adultos. Adquieren comportamientos y estrategias que les servirán a futuro. “A Península Valdés se viene para aprender a ser ballena” dicen desde el ICB.

Lejos de las cámaras

Cada año a este festival de ballenas concurren alrededor de 100.000 personas, quienes se embarcan en el Mar Argentino para ver los cetáceos bien de cerca. Consiste en una experiencia única e irrepetible. Una gran oportunidad para conocer la vida de estos gigantes marinos. “Y si lo conozco, lo protejo”, suelen decir los ecologistas.

Pero aunque suene impopular las ballenas no vienen a sacarse una selfie, ni a hacerse virales por las redes sociales. Están nada menos que completando partes sensibles de su ciclo biológico. Por ende deben ser observadas de una manera responsable, siguiendo siempre algunos lineamientos y códigos de buenas prácticas de avistaje ya existentes.

Ya demasiado tienen con algunas amenazas, para que tener que lidiar con turistas desaprensivos. La cruenta cacería comercial a la que ha sido sometida la especie ha hecho disminuir de manera drástica el número de ejemplares distribuidos en el Hemisferio Sur. Se estima que solo quedan alrededor de 17.000 ballenas francas surcando aguas australes.  Lo que equivale a un 25% de la población original. Por suerte desde el ICB informan que la población de ballenas, gracias a algunas medidas proteccionistas, se encuentra en una lenta recuperación.

Aún siguen siendo escollos países como Japón, Noruega o Islandia quienes argumentan falsos fines científicos para cazarlas. El cambio climático -principal problema de este tiempo- por medio del incremento de la temperatura del mar ha desembocado en la disminución de la cantidad de krill disponible. La contaminación química del mar, la presencia de sogas y redes, las colisiones con buques también plantean dificultades. Por todo ello, durante su paso por los mares patagónicos mejor no molestarlas.

Con nombre y apellido

Según los científicos las callosidades presentes en la cabeza de las ballenas, además de servir para peleas entre machos, son útiles para identificar a cada ejemplar. Ofician como especie de huellas digitales y desde 1970 han venido siendo fotografiadas con tal fin. Así es como la ballenas pasan a llamarse Esperanza, Docksider o Espuma. De la última los científicos conocen que es un macho albino que nació en 1994. Hijo de Docksider, hermano de Luna, nieto de Antonia y bisnieto de la Ballena 71, una de las primeras identificadas allá por 1971. Espuma es un juvenil muy popular por su alto grado de sociabilidad y frecuentes acercamientos a embarcaciones de avistaje. Imagínense entonces la preocupación de los científicos, vienen estudiándolas durante décadas, ya son como hijas. Son padres preocupados que solo imploran que no se retrasen en cada retorno a la península.

Otros que supieron ponerle nombre a una ballena fueron los tehuelches, pueblos originarios de la Patagonia Argentina. Aún hoy luego de varios siglos cuentan la leyenda de Goos, una ballena que vivía sobre la tierra, con cuatro patas y bastante remolona por cierto. Solía quedarse dormida y así involuntariamente a través de su enorme bocaza eran aspirados árboles, animales y personas. A los poco que resistían no les quedó otra que llamar a Elal, mítico héroe tehuelche. Este al ver lo que sucedía, no tuvo mejor idea que convertirse en tábano para inspeccionar el interior de la ballena. Gran sorpresa se llevó al encontrar a todos, tehuelches, gatos, perros y árboles allí adentro. Luego picó la garganta del animal, causó tos y así todos fueron liberados. Elal cambió las patas de Goos por aletas y mandó al cetáceo al mar donde vivió mucho más contento.

El cuento tehuelche tiene semejanzas a lo que piensan los científicos acerca de la evolución de la especie. Algunos estudios sugieren que la ballena hace varios millones de años atrás era un mamífero con las patas bien firmes sobre la tierra. En fin, otra historia interesante para contar en este festival de ballenas.

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