CONTRA LAS CUERDAS

Autor: Fernando Fuentes

Contra las cuerdas
E

n el sur argentino existe un ciervo arrinconado contra la Cordillera de los Andes. Desde hace tiempo se encuentra cercado, hostigado, asediado por actividades humanas. Como si se tratara de un campeón contra las cuerdas esquiva golpes con su título de Monumento Natural Nacional sobre el lomo. Otra vez a la espera del sonido de una campana salvadora.

Un animal acorralado

El huemul (Hippocamelus bisulcus) ocupaba un extenso territorio de la República Argentina, que según reportes en el siglo XVI iba desde el centro oeste de la provincia de Mendoza hasta el Estrecho de Magallanes, y desde los bosques andinos hasta los pastizales ubicados en cercanías del Océano Atlántico. Pero luego de algunos combates perdidos su presencia solo ha quedado restringida y fragmentada en los bosques cordilleranos de las provincias de Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz.

En retroceso

Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) en la actualidad alrededor de 500 huemules transitan la Patagonia Argentina. Solitarios, en pareja, o en grupos de tamaño muy reducido – generalmente integrados por no más de 11 ejemplares- resisten a una cruenta retracción. En tiempos pasados durante cada invierno era factible verlos en congregaciones que excedían los cien animales.

Todo comenzó con la introducción de las armas de fuego y los perros. Antes de la colonización de la Patagonia los huemules eran cazados “a discreción” por las poblaciones autóctonas con lanzas, lazos e inclusive las manos. Siempre con la finalidad de obtener alimento y abrigo.

Los huemules son animales robustos que pesan entre 70 a 90 kilos, tienen patas cortas y una altura promedio a la cruz que ronda el metro. Están adaptados a terrenos montañosos, son muy buenos nadadores, y pueden emprender una veloz huida ante una situación de peligro natural. Pero a pesar de ello, contra el poder de exterminio masivo de los colonos nada han podido hacer.

Blanco inmóvil o suelto el perro

En la actualidad los cazadores tienen en claro que para llevarse un huemul de trofeo solo basta con divisarlo. Ante una amenaza, el animal inicialmente suele optar por la inmovilidad. Una estrategia defensiva que dura segundos, pero que en la mira de una escopeta se transforma en una condena perpetua. Se convierten en blancos inmóviles, aniquilados por ser considerados plagas o por simple diversión.

Los predadores naturales del huemul son el puma y el zorro colorado. Pero otro animal introducido por el ser humano en el ecosistema es el que por estos días le genera mayores problemas. Se trata del perro, el mejor amigo del hombre y un enemigo declarado del huemul. Como ocurre con las armas de fuego, los perros para el huemul significan hojas en blanco de su manual de supervivencia.

Los ciervos están dispuestos a trepar laderas empinadas, descender por barrancos, atravesar ríos o nadar en lagos con tal de escapar de las garras de un puma. Pero con el perro no hay nada que hacer. Los canes persiguen de manera persistente al huemul durante largos trayectos, obligándolo a adentrarse en sitios con peores condiciones ambientales, más peligrosos y menos aptos para su desarrollo. Un estudio publicado en 2006 por Paulo Corti, investigador de la Universidad Austral de Chile, documentó que lamentablemente alrededor de un 36 por ciento de cervatillos terminan sus días víctimas de las fauces de un perro.

Vuelvan a casa

El huemul es un herbívoro que ingiere brotes de árboles, arbustos, hierbas, incluso líquenes. Han sido descriptos ejemplares que se alimentan de 120 especies vegetales diferentes. Suele seleccionar aquellas plantas más digeribles, con bajo nivel de fibras, dándole siempre prioridad a partes blandas, frutos y flores.

Desde el siglo pasado compite por alimento con el Ciervo Europeo (Cervus elaphus), otro animal foráneo traído por el hombre al territorio patagónico. Libra una puja desigual, en la que pierde ampliamente dado el mayor tamaño y agresividad de su exótico contrincante. Por si fuera poco el huemul también se lleva de recuerdo algunas enfermedades transmisibles.

Algo similar ocurre con la introducción avasallante de la ganadería extensiva y la agricultura. Dichas actividades modifican profundamente el hábitat en el que se desempeña el huemul. Los tractores y topadoras lo desplazan cada vez más hacia el oeste, confinándolo en las laderas de la Cordillera de los Andes.

El pastoreo excesivo, sumado a la eliminación de zonas boscosas y arbustivas con la ayuda del fuego, limita la disponibilidad de nutrientes del cérvido. La transmisión de enfermedades infecciosas a través del ganado -tales como brucelosis, cisticercosis o fiebre aftosa entre otras- complican un poco más las cosas y le prescriben al animal un involuntario aislamiento y una solitaria cuarentena.

Contra las cuerdas

“Un huemul es un ajedrecista que ha perdido dominio sobre el tablero.”

Enorque

Un huemul es un ajedrecista que ha perdido dominio sobre el tablero. Hay jugadas que ya no puede implementar. Cada vez le es más difícil sacar a pasear durante cada invierno su pelaje denso y amarillento por tierras bajas, caracterizadas siempre por una menor cantidad de nieve y por ser mucho menos hostiles en cuanto a clima se refiere. Los machos, con su característica mancha con forma de “Y” en la cabeza, ahora recambian sus cornamentas de 30 centímetros en la soledad de la altura andina.

El huemul transcurre entonces sus días aburrido en centros turísticos y recreativos, incomunicado en medio de caminos, agrupado en pequeñas poblaciones debilitadas genéticamente. Según los expertos se ha convertido en un animal más susceptible a la acción de predadores, enfermedades y catástrofes naturales.

La mayor parte en Argentina vive en áreas no protegidas. Según un estudio publicado en 2006 únicamente el 28 por ciento de las poblaciones remanentes en Argentina y Chile contaban con protección. Para la UICN solo la instauración de nuevas áreas, y la puesta en marcha de medidas más efectivas en aquellas existentes, salvarán al huemul de un seguro jaque mate.

Por el momento se encuentra en peligro de extinción. Resiste en su rincón amenazado, como un campeón a la espera de una campana que le evite besar la lona. O como un cansado ajedrecista que se ilusiona con un enroque. Aquel que le dé más vida en esta difícil partida.

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