SAL DE VIDA

Arsal
A

llí donde la vida parece doler, en el noroeste de la provincia argentina de Jujuy, un cúmulo de agua salada en medio del desierto de la Puna sirve como caldo de cultivo para el desarrollo de numerosos seres vivos. Laguna de Vilama, ubicada a más de 4500 metros sobre el nivel del mar, irradiada por el sol con inagotables dosis de rayos ultravioletas.

También castigada por una sucesión de días que propinan cruentas amplitudes térmicas. A no quejarse del clima, allí reinan unos impiadosos 35 grados Celsius entre el día y la noche. Aún así conforma un impensado refugio que a pesar del paso de los años se resiste a convertirse en salar. Un sitio hostil en donde en medio de la inclemencia se abre paso la vida extrema.

Lugar en el mundo para algunos flamencos. Dos especies son las que se destacan: el flamenco andino o parina grande (Phoenicoparrus andinus) y el flamenco puna o parina chica (Phoenicoparrus jamesi). El primero puede llegar a medir alrededor de 1,10 metros de altura y tiene una vistosa tonalidad rosada. Se caracteriza por la presencia de patas amarillas con dedos anaranjados y un cuello muy largo. Lucen un pico curvo, largo, con un color amarillo y negro. La parina chica, como su nombre lo indica, tiene un tamaño menor. Mide alrededor de 90 centímetros y tiene el cuello, las patas y el pico más corto.

“Un sitio hostil en donde en medio de la inclemencia se abre paso la vida extrema.”

Sabrosas diatomeas

Ambas especies son gregarias y conviven en este espejo cristalino de solo 20 centímetros de profundidad. A veces es difícil diferenciarlas si no se tiene el ojo bien entrenado.

No son aves migratorias en sentido estricto, pero suelen volar a lagunas vecinas en busca de alimento o sitios propicios para la reproducción. La dieta de ambos está basada en plancton, es decir organismos microscópicos que se encuentran suspendidos en el agua.

El flamenco andino gracias a laminillas presentes en el pico filtra barro salino de zonas poco profundas. Retiene microcrustáceos -pequeños parientes de algunos camarones-, algas conocidas como diatomeas, además de ciertas bacterias. El flamenco puna, dado que cuenta con una menor distancia entre las laminillas del pico, está capacitado para retener diatomeas aún más pequeñas. Las citadas tienen un tamaño promedio de 30 micrómetros. Insignificantes desde ese punto de vista, si se tiene en cuenta que un micrómetro es la millonésima parte de un metro.

Las diatomeas se desarrollan fácilmente en las pobres y salinas aguas de Vilama. A pesar que el vital elemento se caracteriza por ser escaso en nutrientes habituales, como por ejemplo el fósforo. En cambio es rico en sales como cloruro de sodio, cloruro de potasio, sulfato de magnesio, sulfato de sodio y carbonato de sodio. Algo que sin dudas desfavorece a los peces y sienta bien a los citados microorganismos: según los científicos a mayor concentración salina existe una mayor proliferación de diatomeas. Las lagunas como la de Vilama al situarse a gran altitud sufren una mayor evaporación y por ende una mayor salinización secundaria.

También las variaciones estacionales -con modificaciones en la cantidad de agua que se incorpora a la laguna debido a lluvias o deshielos que provienen de montañas vecinas- generen dramáticos cambios en la extensión y la salinidad de Vilama. Aún así las diatomeas son el principal alimento de las nombradas aves durante todo el año.

Resistentes proteobacterias

No resulta extraño entonces que investigadores del CONICET  hayan logrado dar  fácilmente con diatomeas en el tubo digestivo de algunos flamencos estudiados. Más sorpresa les ha generado encontrarse con bacterias resistentes a condiciones ambientales extremas.

Son algunas pertenecientes al grupo de las Proteobacterias. Como Proteo, dios griego que tenía la facultad de adoptar diferentes formas, dicho grupo se destaca por presentar integrantes con distintas características.  Las hay con forma redondeada al microscopio y por ello denominadas cocos, mientras que otras llamadas por los expertos bacilos tienen un aspecto similar a un bastón. Algunas presentan una cola o flagelo que le permite moverse, otras directamente no cuentan con el. La mayoría son heterótrofas, es decir que no producen su propio alimento. Pero también existen algunas que pueden generar su propia energía por medio de la fotosíntesis.

Los científicos locales han podido dar con proteobacterias que desde hace unos años son seguidas muy de cerca en los laboratorios de todo el mundo. Importantes en áreas tan diversas como la medicina, la tecnología industrial o la astrobiología. Según una revisión publicada por la doctora María Eugenia Farías, integrante del Laboratorio de Investigaciones Microbiológicas de Lagunas Andinas (LIMLA), existen alrededor de 160 cepas diferentes  de bacterias que ya han sido recolectadas en la laguna de Vilama o en algunas vecinas. Dado que resisten condiciones ambientales extremas han sido denominadas extremófilas.

Pareciera que no hay con que darles. En Vilama la irradiación del sol puede llegar a ser un 165% mayor a la que se puede experimentar a nivel del mar. En esa situación se absorben cantidades suficientes de rayos ultravioletas capaces de desencadenar un daño celular directo. Han sido descriptos compromisos en diversas estructuras bacterianas. Entre las que sobresale el ácido desoxirribonucleico (ADN), una molécula vital para la  transmisión de información genética por parte del microbio. Aunque existen algunas bacterias Pseudomonas sp. V1 que parecen hacer caso omiso a la radiación y lozanas disfrutan la sal de la vida en Vilama.

Que el consumo de sal haya sido vinculado a numerosos padecimientos humanos, como por ejemplo la hipertensión arterial, no parece asustar a las bacterias. En la Laguna de Vilama se bañan en aguas hipersalinas. En medio de sales disueltas que exceden por lejos las concentraciones objetivables en agua de mar. A otras como Acinetobacter jhonsonii A2, les gusta desafiar con éxito a un poderoso veneno llamado arsénico. Dicho metal se encuentra presente también en altas concentraciones en la laguna.

Por si fuera poco recientemente los investigadores han podido dar con cepas resistentes a numerosas familias de antibióticos. Son medicamentos empleados en humanos para el tratamiento de enfermedades infecciosas comunes. Betalactámicos como la ampicilina, cefalotina o ceftazidima, o bien macrólidos como la eritromicina por solo nombrar algunos. Los médicos tienen en claro que el uso irracional de los antibióticos constituye el principal motor de la resistencia bacteriana. Un fenómeno alarmante y visible cada vez con mayor frecuencia en consultorios y hospitales. ¿Pero cómo es posible que algunas bacterias completamente aisladas en medio de la Puna, sin contacto previo con antibióticos, se hayan vuelto también resistentes?

Las explicaciones no abundan pero los científicos cuentan con algunas ideas preliminares. El fenómeno estaría vinculado a la exposición a dosis elevadas de rayos ultravioletas. En aquellas zonas más irradiadas se han topado con una mayor cantidad de gérmenes resistentes a antibióticos. Entre ellos se destacan los del genero Acinetobacter, frecuentes causales de infecciones graves intrahospitalarias. La radiación genera mutaciones o cambios en el ADN que desencadenan luego la resistencia observada. Nuevos estudios -inclusive epidemiológicos, dado que los flamencos pueden actuar como dispersores de microbios- deberán ser puestos en marcha para responder de manera más satisfactoria la pregunta.

Pero por supuesto no son las únicas cuestiones  que se intentará responder con el estudio de las bacterias extremófilas. Entre ellas existen algunas inherentes al origen mismo de la vida en el planeta Tierra, o la posibilidad de encontrarla en otros sitios muy lejanos como por ejemplo Marte. ¿Cuáles serían los pasos necesarios para obtener tratamientos antibióticos o antitumorales aún más efectivos?, o cómo se podría dar con un antídoto contra el nocivo arsénico -un frecuente y silencioso responsable de enfermedad en la población de la República Argentina- emergen también como interrogantes. El desarrollo de biocombustibles más amigables con el medio ambiente, y a partir de bacterias, es otra área promisoria de investigación. Todas constituyen en definitiva desafíos apasionantes. Y lo mejor de todo es que sus claves bien podrían estar sumergidas en La Laguna de Vilama. Siempre a la espera de ser pescadas por algún científico.

Adaptación extrema

Por fuera de la laguna las cosas tampoco son sencillas para la vida. El suelo del altiplano jujeño que la rodea se caracteriza por su marcada aridez. Conformado por sedimentos arenosos, pedregosos, desprovistos en su mayoría de materia orgánica. Por allí llueven menos de 200 milímetros anuales. No llama entonces la atención que alrededor del 80 por ciento de la superficie se encuentre desnuda. En algunos sectores sólo está cubierta por algunas gramíneas y por tímidos arbustos.

Está claro que cualquier vegetal que pretenda subsistir en el territorio tendrá que poner en juego estrategias adaptativas que permitan asegurar su supervivencia. Sumado a la aridez del suelo, deberá lidiar con similares dificultades comentadas anteriormente para las bacterias. Entre ellas la marcada irradiación solar y la omnipresente salinidad.

A una planta del altiplano jujeño siempre le vendrá bien conocer algo de química. Las sales presentes en el suelo son ricas en sodio y limitan la absorción de otros elementos considerados nutrientes para el vegetal. Entre ellos el potasio, calcio y magnesio. Biólogos han determinado el profundo impacto que genera un suelo salino en procesos vitales como la germinación o la fotosíntesis. Han detectado también mecanismos evolutivos por el cual algunas plantas, gracias a especies de bombas, secretan o absorben sales. Siempre según las necesidades del momento y con la finalidad de mantener en juego un delicado equilibrio.

En la estepa o planicie de altura predominan algunas gramíneas (Festuca spp.), mientras que en las laderas rocosas y pedregales se observan plantas achaparradas tales como las yaretas. Todas esperan con ansia la ayuda de los días de lluvia, momento en donde disminuye la concentración salina del suelo y por ende la germinación, o el crecimiento, pasan a ser algo mas que lejanos anhelos.

Mejor suerte corren otros vegetales (Oxychloe sp.) que residen en vegas o bofedales. Viven en verdaderos y mínimos santuarios verdes de agua dulce. Los cuales aportan un importante caudal para lagunas como la de Vilama. Las plantas en tanto allí disfrutan hasta donde pueden. En la Argentina Salvaje nunca están exentas de las fauces de algún animal herbívoro atraído por el oasis.

Flamenco bandera

Los que entienden de ecología y conservacionismo han optado por otorgar al flamenco altoandino el rol de especie bandera. Así se denominan a aquellas que por ser carismáticas captan un mayor interés y facilitan la puesta en marcha de programas de protección del medio ambiente. Estos además sirven para proteger a otras menos llamativas que comparten el ecosistema. Los flamencos se roban la atención pero no están solos en la engañosa desolación. Coexisten con alrededor de 23 especies diferentes de aves, entre las que se destacan gallaretas, gaviotas o pájaros carpinteros andinos por solo nombrar algunos. Transitan el agreste relieve también otros animales tales como algunas iguanas, llamas, vicuñas, gatos silvestres y chinchillas. Las principales amenazas para la Laguna de Vilama y zonas aledañas vienen por el lado de la minería.

Según reportes científicos hace aproximadamente diez mil años atrás llegaron los primeros seres humanos cazadores y recolectores a la región. Hace tres mil años en las vecindades de la laguna los pueblos originarios ya cultivaban quinoa y papa, también domesticaban algunas llamas. Hoy la presencia humana es esporádica y transitoria. Limitada generalmente a pastores que residen en un pueblo vecino llamado Lagunillas del Farallón. Cada noviembre se encargan de guiar llamas desde las cercanías del pueblo hasta las vegas de Vilama. De tanto en tanto durante el verano regresan a controlarlas.

La Laguna de Vilama es un sitio Ramsar o un humedal de importancia internacional. Caldo salado milenario que a pesar del paso de los años resiste a la evaporación. Existen salares en la Puna – algunos recubiertos por una corteza de sales de hasta cincuenta centímetros de espesor- originados a partir de lagunas similares. La Laguna de Vilama en tanto aún es un refugio en medio de la intemperie. Un lugar pleno de flamencos, bacterias extremas y claves para entender un poco mejor la vida.

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