MAMÍFEROS MARINOS
C

on hasta 16 metros de longitud y un peso superior a las 40 toneladas, la ballena franca austral (Eubalaena australis) es uno de los misterios más grandes de nuestros mares. Este cetáceo habita los mares argentinos prácticamente desde la provincia de Buenos Aires hasta la Antártida.

De tonalidades que oscilan entre el gris y el negro, este mamífero ostenta un cuerpo que se caracteriza por el gran tamaño de la cabeza -en proporción, el 30 por ciento del total-, y distintas callosidades que los expertos emparentan con las huellas dactilares de los humanos.

La alimentación de esta especie se basa exclusivamente en el krill, una variedad de crustáceos de tamaño milimétrico rico en proteínas y muy bajo en grasas.

Mansa y curiosa de las embarcaciones, la ballena franca austral ostenta un desplazamiento lento -alrededor de 14 kilómetros por hora- que en buena medida alentó las acciones de caza de las que fue presa hasta hace poco menos de dos décadas.

 

El modo de reproducción de este cetáceo es uno de los aspectos que, junto a la pesca indiscriminada, inciden acotando la expansión de la ballena franca austral como especie. Las hembras sólo tienen una cría o ballenato cada tres años, y la gestación de la cría se lleva a cabo por algo más de 12 meses.

En la Argentina se encuentra protegida desde 1984, cuando fue declarada monumento natural, y según datos de la Secretaria de Turismo de la Nación, desde 1970 hasta la fecha han sido identificados más de 1.300 ejemplares. Y cada año se agregan a ese listado unos 130 adultos y alrededor de 30 crías.

Se estima que, a nivel mundial, hoy sobreviven unos 7.000 individuos de esta variedad de cetáceos y la perspectiva es promisoria: aunque poco abundante dado el número antes mencionado, las poblaciones de este mamífero -al menos en esta parte del planeta- vienen creciendo a una tasa anual cercana al 8 por ciento.

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