MAMÍFEROS MARINOS

Se cree que vivieron en la tierra, y que de ahí viene la transformación en aletas de aquello que claramente fueron cuatro patas. La falta de alimentos habría sido el argumento que alentó el brutal cambio de hábitat.

 

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lasificado como “pinnípedo”, precisamente por el cambio evolutivo de terrestre a marino, el lobo marino (Otaria flavenscens) es una especie de gran porte con machos adultos que pueden llegar a pesar hasta 350 kilos distribuidos en poco más de 2 metros de largo. Las hembras, en cambio, son más pequeñas: rara vez superan los 200 kilos y tienden a superar el metro y medio de longitud.

Con presencia sobre todo en la Patagonia hasta la isla de Tierra del Fuego, este mamífero se destaca tanto por su piel de pelo corto con tonalidades que oscilan entre el marrón y el negro, como por cierta fisonomía que recuerda al perro: hocico puntiagudo, orejas -aunque mínimas-, bigotes, e incluso vista en blanco y negro.

De alimentación carnívora, basa su dieta en el consumo de calamares, pulpos, arenques, pez piedra, macarelas, langostas, almejas, cangrejos e, incluso, pequeños tiburones.

El proceso de digestión del lobo marino es muy particular: si bien traga sin masticar todo lo que devora, en el interior de su estómago es muy común encontrar piedras -ingeridas de forma previa- que cumplen la función de, precisamente, moler el alimento.

El ciclo reproductivo de la especie tiene lugar entre los meses de febrero y marzo, y se inicia con una pelea entre los machos que define un harén de hasta doce ejemplares femeninos. Tras una gestación de diez meses, las hembras dan a luz una sola cría.

Con la orca como principal depredador natural, los lobos marinos se desarrollaron como excelentes nadadores, pueden llevar a cabo inmersiones de 150 metros de profundidad. Para ello, cuentan con una habilidad extra: son capaces de contener la respiración hasta 7 minutos.

A pesar de estas cualidades, el lobo marino sufre las consecuencias de la pesca desmedida y por su carácter sociable suele perecer a manos de las redes y señuelos que los barcos vuelcan en el mar.

Esta especie fue objeto de caza en la Argentina hasta mediados del siglo XX. La demanda de cuero y aceite redujo hasta un 80 por ciento su población aunque la restricción posterior permitió recuperar el número de individuos. En la actualidad, se estima que más de 3.000 ejemplares viven sólo en la Península de Valdés.

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