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Noroeste Argentino

T

ierra modelada pacientemente durante siglos. Barro artesanal madurado en el canto de un coyuyo, en la veloz carrera de un guanaco, o en un cardón que a pesar de la crónica sequía te regala una flor.

Pintada especialmente para vos con siete colores en Jujuy, a veces adornada con un yaguareté o un águila poma. Hecha Puna y selva de Yungas, o un amistoso valle entre dos infranqueables montañas. Vasija vacía en las Salinas Grandes, o repleta de flamencos en la Laguna de Los Pozuelos. Entre marzo y abril de cada año alrededor de 30.000 ejemplares llegan. Dan fe que cuando gusta esta tierra, es con toda el alma.

Greda con forma de llama en la provincia de Salta. Ocarina que te regala dulces notas para que la disfruten también los nogales criollos de Los Toldos, o los tapires del Parque Nacional El Rey. Sonido que a pesar del feroz desmonte aún late en Pizarro y en todo el monte salteño. Y si la melodía por esa casualidad llega a ser zamba, toda Salta de fiesta. Todos se hacen hilachas de tanto zapatear.

Madre Tierra hecha canción o bosque de alisos en un cerro de Tucumán.  

Allí para no ser menos un lobito de río afirma que si te gana el corazón esa zamba es tucumana. Mientras tanto por Amaicha del Valle cada año se pega una vuelta la Pachamama. Se la ofrenda y a cambio se pide protección. O pasta fértil, combinación ancestral de óxidos y silicatos, materia prima de un imponente paisaje calchaquí o de algunas ahora frágiles selvas de montaña. Si la cintura es un junco y la boca es colorada, si son los ojos retintos, esa moza también es tucumana.

Cuenco ceremonial de arcilla en Santiago del Estero, o pócima para el embrujo de esta tierra. Un gigante quiebra hacha extasiado y de pie entona una chacarera en Pampa de los Guanacos. Acompañado por un oso hormiguero y un tatú carreta, siempre con bombo legüero y guitarra. No hay caso, de ahí siempre te traés una nueva ilusión.

Cerámica pincelada con mil distintos tonos de ocre en Catamarca. Hornitos de más de seis mil metros de altura en la alta montaña, imponentes volcanes que alguna vez también supieron contribuir a moldear el terreno. Pastizales de neblina, montes de algarrobos y un chalchalero que ensaya su canto.

En La Rioja suelo perfumado de albahaca cada febrero. Hecho vidala, también harina y topamiento. Dos chelcos en la siesta de Talampaya no dejan pasar la oportunidad de festejar. Un cóndor los divisa desde un rojo paredón y sueña como tantos chayeros con una Luna convertida en caja. Chaya de La Rioja, coplitas transmitidas por el cerro, valle y cardonal. Algunos vidaleros dicen que por suelo riojano pasa la vida en carroza.

Noroeste argentino, tierra evolutiva y plena de diversidad biológica. Barro vital del que se nutre el paisaje, la fauna y la flora. En él se modelan costumbres tenaces, se consuelan penas y se da rienda suelta a la alegría.

Autor: Fernando Fuentes

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