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Región - Patagonia

E

n la antesala del fin del mundo, la Patagonia Argentina exhala su naturaleza rebelde. Es preludio en la Pampa argentina, la del horizonte lejano. Cortada de vez en cuando por alguna sierra. En el Parque Nacional Lihué Calel, al centro sur de La Provincia de La Pampa, un guanaco hace pata ancha en el Cerro de la Sociedad Científica.

También es grito verde en los bosques andinos, murmullo en constante efervescencia en la ocre estepa. En la provincia de Neuquén un bosque de pehuén da pelea a las llamas de un incendio y busca seguir ofreciendo cobijo a un sinnúmero de especies animales que habitan el Parque Nacional Lanín. Mientras que en Santa Cruz un glaciar en retroceso se rebela a su triste destino de morrena y agua.

En tanto que en una restinga del también santacruceño Parque Nacional Monte León algunos cangrejos bravíos desafían a las caprichosas olas del mar argentino.

Patagonia argentina, melodía tehuelche horadando el silencio.  

Vegetación achaparrada que en el Parque Nacional Laguna Blanca – ubicado en las cercanías de la localidad neuquina de Zapala- tolera viento, nieve y por si fuera poco la falta de agua. Siempre amarrada al suelo por medio de sus raíces profundas. Resiste, como lo hace un alerce longevo que en Chubut se subleva al paso del tiempo.

Biodiversidad austral en constante ebullición. Pingüinos, lobos marinos, delfines y ballenas bucean en el mar mientras algunos huemules en el bosque esquivan las balas de un cazador furtivo. Variadas especies de aves, entre las que se destacan petreles, albatros y cóndores andinos, surcan el cielo azul patagónico. Por si fuera poco algunos guanacos y choiques amansan la estepa.

Naturaleza indómita que no entiende de límites, ni de fronteras. Un ulmo y un tique, árboles de la selva valdiviana, echan raíces en el Parque Nacional Lago Puelo luego de emigrar desde Chile. En otoño las hojas rojas de algunas lengas de Tierra del Fuego desafían al verde del verano y al blanco del invierno. Mientras que en Río Negro una rama caída busca volver a ser arrayán.

Para llegar al Faro del Fin del Mundo es preferible primero transitar la Patagonia. Caminar por su árida estepa o buscar refugio en un bosque de siempreverdes, soliviantar los sentidos o templar el espíritu. Seguir luego enceguecido o petrificarse como el tronco de una araucaria de más de ciento cincuenta millones de años. Existe tiempo para maravillarse con algunos relatos o escribir la propia aventura. En la Patagonia la naturaleza rebelde aún espera.

Autor: Fernando Fuentes

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