EL VENENO MÁS TEMIDO

Autor: Patricio Eleisegui

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uenta una de tantas leyendas del Paraguay que en los primeros tiempos del mundo que acababa de fundar, y mientras concluía los últimos bosques, ríos e incluso estrellas, el todopoderoso Tupá, el dios más importante de la cultura guaraní, trató de poner a prueba la fidelidad y la bondad de corazón de algunas de sus creaciones.

De ahí que, mientras moldeaba algunos animales, decidió compartir su arte con un espíritu apenas un escalón menos sabio que el mismo Tupá: Añá, también conocido como Charia.

Las diferencias fueron contundentes. Mientras que la máxima divinidad daba vida a especies como los colibrís o las golondrinas, su compañero sólo pudo hacer al sapo y al murciélago.

Una violenta envidia separó desde ese momento y para siempre a Añá del buen Tupá. El dios del bien siguió con su tarea creadora pero desde ahí acechado por el rencor de un rival que dedicaría su existencia a malograr la obra de la principal divinidad guaraní.

Cierto día, Tupá puso a vivir a árboles de frutos coloridos y dulces, nuevos animales pacíficos. Añá respondió a eso con una de sus obras más maléficas: la jarara. Más conocida en nuestras tierras como “yarará”.

“A través de sus siete variedades, esta serpiente dice presente incluso en algunas de las regiones más frías del país.”

El veneno más temido y un reino que abarca a casi toda la Argentina

A través de sus siete variedades, esta serpiente dice presente incluso en algunas de las regiones más frías del país. Responsables de casi la totalidad de los accidentes por envenenamiento de ofidios que se producen cada año en la Argentina, cumplen un rol determinante en el control de algunas plagas.

“Además del dolor tras la mordedura, las sustancias que desarrolla la yarará generan alteraciones en la coagulación de la sangre, hemorragias severas, e incluso la muerte por insuficiencia renal. Si bien el suero que contrarresta estos males se encuentra disponible en todas las zonas de riesgo, lo cierto es que la demora en el tratamiento puede generar las peores consecuencias.”

Con presencia –a través de sus distintas variedades– que se extiende desde provincias del Norte como Jujuy o Salta hasta distritos patagónicos como Chubut o Santa Cruz, pasando por la provincia de Buenos Aires, Mendoza, o la Mesopotamia, estos ofidios se caracterizan no sólo por su profusa distribución sino también por lo dramático que pueden ser sus encuentros con el hombre.

Así, aunque los comportamientos de estas serpientes varían según su clase, estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación destacan que las yarará son protagonistas del 97 por ciento de los accidentes por ofidios venenosos en la Argentina.

Pertenecientes al género Bothrops, una familia que agrupa a casi 50 especies de serpientes americanas como la “terciopelo” de Costa Rica y Panamá, la “mapaná” de Colombia y Venezuela, o la “jararaca” brasileña, y cuyas señas particulares van desde la cabeza ancha y plana en forma de triángulo hasta el hocico agudo, pasando por un veneno capaz de ser letal para una persona, estos reptiles dicen presente en nuestro país a través de siete variedades.

La cultura popular ha dado lugar a nombres que, más allá del temor que despiertan estas víboras, reflejan la relación cercana, la interacción permanente, que se da entre hombres y yarará en prácticamente toda la geografía argentina.

La variedad más distribuida es, sin dudas, la yarará “ñata” (cuyo nombre científico es “bothrop ammodytoides”), con presencia comprobada desde el sur de Jujuy hasta algunas zonas del norte de la provincia de Santa Cruz. Considerada la víbora más austral del mundo, no tiene inconvenientes en resistir a temperaturas muy bajas y se caracteriza por tener un hocico respingado.

De dorsal marrón claro, vientre amarillento, y rombos o barras cruzadas en tonos oscuros  a los lados, su tamaño no impresiona: adulta, rara vez supera los 60 centímetros aunque su mordedura puede provocar la muerte si no es tratada a tiempo. Otra particularidad radica en que es la única clase de esta serpiente que resulta típica de la Argentina.

Detrás de la “ñata”, otra variedad con amplia presencia es la yarará “chica” (bothrop diporus), que muestra como diferencial mayor su gran agresividad. De acuerdo a investigaciones desarrolladas por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), de las más de 1.000 mordeduras que ocurren en el país cada año, 800 son obra de ejemplares de esta variedad.

Con una medida que puede alcanzar 1,20 metros de longitud, la yarará “chica” se distribuye desde Jujuy hasta el norte de Río Negro y desde las zonas bajas de la cordillera de los Andes hasta la Mesopotamia, y ostenta un color pardo-grisáceo con dibujos en castaño que se asemejan a mariposas abiertas. De vientre blanquecino, en su cabeza porta una suerte de cruz en líneas blancas.

Ya en la provincia de Buenos Aires, la variedad más común es la “víbora de la cruz” o también conocida como “crucera” (bothrop alternatus), cuya principal particularidad está en el tamaño: la hembra –siempre más grande que el macho, como es común en estas serpientes– puede superar los 1,60 metros de largo.

La “víbora de la cruz” es de color pardo y presenta un dibujo a los lados similar a una herradura o tubo de teléfono antiguo en color castaño oscuro con bordes en blanco. Con predominio en los sistemas montañosos bonaerenses de Sierra de la Ventana y Tandil, esta serpiente también suele tener presencia en las costas del Río de la Plata, el delta del Paraná, como así también en áreas de las provincias de La Pampa y el norte de Río Negro.

En el noreste del país, con epicentro en la provincia de Misiones, es posible dar con cuatro clases de yarará: la “jararaca” (bothrop jararaca), la “yararacuzú” (bothrop jararacussu), la “casiaca” o “lanzadera” (bothrop moojeni), y la “cotiara” o “mboi-cotía” (bothrop cotiara).

 La primera es la principal serpiente ponzoñosa que provoca envenenamientos en el vecino Brasil. Dueña de una mordedura sumamente dolorosa, ostenta un tamaño de adulta que no supera los 1,40 metros. La “yararacuzú”, en cambio, se destaca por sus dibujos negros con vivos dorados de fondo, y una toxicidad elevada dado que es capar de inyectar hasta un gramo de veneno.

Por el lado de la “lanzadera”, debe su nombre popular a que es capaz de saltar hasta tres veces de forma sucesiva, estirando por completo su casi 1,60 metros de largo, para atacar cuando está en situación de caza o se ve amenazada. Finalmente, la “cotiara” es de muy raro hallazgo en la geografía local. Incluso en el ámbito científico se discute sobre su potencial extinción en la Argentina. También conocida como “yarará de panza negra”, a la vista guarda un notable parecido con la “víbora de la cruz”.

Más allá de las características en cuanto a tamaño, tonalidades o distribución, estos ofidios presentan algunos aspectos en común. Por ejemplo, y en lo que despierta mayor alerta, el veneno de estas serpientes tiene efectos tanto locales como sistémicos.

Además del dolor tras la mordedura, las sustancias que desarrolla la yarará generan alteraciones en la coagulación de la sangre, hemorragias severas, e incluso la muerte por insuficiencia renal. Si bien el suero que contrarresta estos males se encuentra disponible en todas las zonas de riesgo, lo cierto es que la demora en el tratamiento puede generar las peores consecuencias.

Por fuera de este elemento, las serpientes de esta familia presentan otras coincidencias: salen a cazar principalmente al atardecer y extienden su actividad durante la noche, se alimentan sobre todo de lauchas, ratones o cuises –aunque también tiene predilección por ranas, cangrejos y algunos peces de agua dulce–, hibernan durante los días más fríos del invierno, y pueden dar a luz hasta 17 crías.

Dado que, como acaba de consignarse, los roedores se encuentran entre sus presas predilectas, estos ofidios representan una herramienta eficaz a la hora de controlar plagas capaces de transmitir enfermedades de impacto agudo en las personas como leptospirosis, rabia, tétanos o fiebres hemorrágicas.

En términos de reproducción, las yarará son de régimen ovovivíparo. Esto es, tras el apareamiento las hembras generan huevos que luego son eclosionados por las mismas crías dentro del cuerpo de la madre. Los recién nacidos cuentan desde el primer momento con colmillos y veneno.

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